A lo largo de nuestra vida académica, en algún momento de la
misma, nos hemos sentido utilizados o programados cual robot en su sentido más
amplio. Por mi experiencia y recuerdo, ir a la escuela o al instituto no
entraba dentro de mis deseos más preciados y es ahora, como estudiante en
formación hacia futuro docente, cuando me doy cuenta de que mi desgana
escolástica en aquel tiempo se manifestaba, en gran parte, a mi pasividad como alumno
debido al continuo protagonismo del maestro y sus inmensas ganas de terminar lo
antes posible con lo plasmado en el curriculum. A día de hoy, estoy seguro de
que la insatisfacción, la no vocación, el conformismo y el miedo a no cumplir
con lo preestablecido, hace que muchas figuras docentes priven al alumnado de
recibir la educación que se merece.
Poco a poco voy encontrando respuesta a todo aquello que en
mi infancia no llegaba a comprender; ¿por qué tanta prisa a la hora de impartir
contenidos? ¿por qué el maestro manda y el alumno guarda silencio sin poder
intervenir? ¿por qué algunos de mis compañeros se quedaban atrás en ciertas
materias y ello les llevaba al desánimo? ¿por qué no interesan las inquietudes
del alumnado respecto a cualquier tema, tenga que ver o no con lo que se
imparte en la escuela? ¿por qué prima la eficacia en detrimento del proceso?
¿por qué no se aprovechan y explotan las cualidades de cada alumno? Podría
seguir, pero la lista se haría interminable…
Considero que una educación SLOW es necesaria, es vital para
mejorar la vida académica del alumnado así como suscitar su interés por acudir
a la escuela y aprender. Aprender, que palabra tan sabia y a la que los niños y
niñas tengan tanto respeto a la vez que cierto odio y temor. Tradicionalmente,
se ha defendido que a la escuela se ha de ir a escuchar lo que dice el maestro
y que el mismo, está en posesión de la verdad y no se admite réplica. A mí,
particularmente, me hubiese gustado mucho más (no hubiese sido difícil),
aprender de forma divertida, lúdica, donde la figura del docente entre en
contacto con el alumnado, que el protagonismo sea compartido y la relación
entre ambas partes se antoje cercana y amorosa.
Volviendo a la educación SLOW, es cierto que de llevarla a
cabo, la cantidad de contenidos que pueden abarcarse se reducen, sin embargo,
favorece y fortalece el aprendizaje significativo del alumnado, con lo cual,
debemos ser consecuentes con aquello que les beneficia.
Cada alumno es único, tiene unas características tanto físicas como cognitivas diferentes al resto. Se ha de respetar el ritmo individual, algo que no sucede en la magnitud en que debería en gran parte por aquello de anteponer la eficiencia al APRENDIZAJE, los resultados al PROCESO o la disciplina al CARIÑO.
Por otro lado, no hay que olvidar el carácter sentimental de
la educación. Una metodología de trabajo más lenta, pausada, nos acercaría a
las inquietudes y curiosidades que alberga cada alumno, al tiempo que se
establece una conexión horizontal maestro-alumno que posibilite al anterior ser
protagonista y dueño de su aprendizaje. De este modo, la relación entre ambas
partes romperá la barrera protocolaria y se formarán nexos de unión cercanos al
amor que debe haber entre docente y alumnado.
En definitiva, soy partidario de emplear una educación SLOW
que normalice y flexibilice los tiempos académicos, adaptados cada uno de ellos
a las necesidades del alumnado donde el aprendizaje, conocimiento y sentimiento, surjan, llenando de vitalidad vivencial el contexto en que se desarrolla la enseñanza.
Otra educación es posible, .... ¡es necesaria!


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